Eso es lo que Miquel, un joven con Síndrome de Asperger (SA), nos relata desde el “II Encuentro Síndrome de Asperger” organizado por la Federación Asperger España.
En su escrito Miquel comparte con nosotros parte de sus impresiones de la vida, cómo se dio cuenta de su diagnóstico, cómo fue su infancia, su adolescencia, cuáles son sus necesidades y preocupaciones actuales…
También nos deja algunos consejos sobre cómo, según su experiencia, las familias de las personas con SA pueden tratar a sus hijos.
Una lectura hermosa y muy interesante que nos deja un sabor dulce…
1. Introducción
Cuando desde la Asociación Síndrome de Asperger de España se me invitó a realizar una intervención en este “II Encuentro Síndrome de Asperger” no hallé ningún motivo para rechazarla. Poco después me empezaron a surgir las dudas: qué iba a explicar, qué podía contar que no pudieran ya haber leído en otros sitios, qué podía aportar, cómo iba a decirlo, si debería ser una intervención cargada de esperanza, si sería capaz de diseccionar aquellos fragmentos de mi vida que eran atribuibles al Síndrome de Asperger, en adelante SA, y no a otras razones, ... Pensé que si debía satisfacer todas estas preguntas y además satisfacer a toda la audiencia, crearía una narración tan artificial que posiblemente perdería su utilidad. Así que finamente he optado por sacrificar las satisfacciones
en beneficio de la naturalidad y de la narración de la realidad.
Tan sólo pido que se respete mi derecho al anonimato y a la intimidad, pues incluso en mi familia solamente una hermana conoce mi condición de afectado de SA. Dicha información es mi información, utilizable para mi beneficio, y no considero que deba ser divulgada. No tengo inconveniente en ceder el texto para su publicación, siempre que se respeten mis deseos.
2. Mi diagnóstico
La primera vez que tuve conocimiento del SA fue el año pasado. La razón que me movió a navegar en la red para saciar mi curiosidad fue para tratar de explicar ciertos comportamientos que recordaba de mi niñez, y que ví reflejada en una película, en la que aparecía un niño autista dotado de una inteligencia capaz de descifrar un código secreto. Al día siguiente comencé a navegar en la red buscando referencias de autismo. En alguno de estos enlaces, apareció el SA y fue entonces cuando empecé a leer artículos relacionados con el mismo. Como en todos los temas, y sobretodo los que se publican en la red, existen todo tipo de artículos, y algunos de ellos son realmente malos. Afortunadamente, si el número de los mismos es suficentemente grande, uno puede llegar por comparación a descartar los malos, para quedarse con los realmente válidos.
Me fueron de especial interés todos aquellos que permitían explicar mis comportamientos, mi manera de ser o mis vivencias durante mi infancia y adolescencia. Estaban empezando a encajar las piezas. En aquella época tanto mi vida personal como profesional se hallaban en momentos difíciles. Estaba impaciente, creía impertativo tomar decisiones importantes en mi vida, y de algún modo me estaba autogenerando angustia. Recuerdo que hacia el mes de agosto me puse en contacto telefónico con la Asociación, y a quienes envié poco después una carta en la que explicaba las razones que me habían movido a contactar con ellos. A partir me ahí me puse en contacto con el gabinete donde me diagnosticaron. Recuerdo que estaba muy impaciente y tenía prisa por conocerlos personalmente y someterme al diagnóstico.
Para la realización del diagnóstico traté de no contaminarme excesivamente con lecturas del tema y además creo que acertadamente, solicité la presencia de mi hermana para que pudiera actuar como testigo de mi infancia y adolescencia, ganando con ello objetividad en el diagnóstico.
La realidad del diagnóstico me costó asimilarla, y de hecho creo que todavía lo estoy haciendo. No es fácil asumir las propias limitaciones a una cierta edad, pero afortunadamente estoy en un momento vital en el que no he asumido grandes compromisos. Trato de hallar las ventajas de haber sido diagnosticado. Si bien al principio creo que el conocimiento del mismo me provocó un incremento de la ansiedad, ahora creo haber conseguido aplacar esa ansiedad y trato de hallar el beneficio del conocimiento.
En primer lugar, conociéndome mejor a mí puedo conocer mejor a los demás. En segundo lugar, conociéndome mejor puedo tomar mis propias decisiones de manera más acertada, no solamente dejándome llevar por lo que deseo, sino también teniendo presentes las limitaciones inherentes a mi condición.
3. Mi niñez
Recuerdo bastantes cosas de mi niñez. Aunque la educación en aquel tiempo era tal vez más dura y fría emocionalmente que la de ahora, y por supuesto menos tolerante, reconozco que existía en mí un especial tono de rebeldía. Rebeldía que por otro lado era difícil de exteriorizar, y que se manifestaba en forma de rabietas, sobretodo con las personas con quienes más confianza tenía, principalmente mi madre. Recuerdo que no eran infrecuentes las situaciones que en lugar de manifestar verbalmente una frustración, ésta se convertía en una rabieta, que podía consistir muy probablemente en rotura o lanzamiento de objetos.
Los juegos de equipo para mí constituían fuente de ansiedad, tanto si se trataba de juegos de balón como de juegos de rol: jugar a los vaqueros, jugar al escondite, etc. Recuerdo que las pocas veces que participé en juegos de pandillas, sentía una gran ansiedad, creo que no justificable con la timidez que entonces me caracterizaba.
Me gustaba jugar sólo, dedicando largas horas a jugar con figuras o muñecos, simulando acciones de la vida real, en la que los sujetos eran tales figuras humanas. Dedicaba también mucho tiempo a jugar en solitario con un tren eléctrico que me regalaron unos tíos de Francia. El tema de los trenes me fascinaba, y me fijaba muchísimo, tanto en las maquetas como en los de tamaño real. Solía fijarme en parámetros tales como su peso, el número de ruedas, la potencia.
Otro tema que me fascinaba eran los motores eléctricos, que constituían para mi un verdadero reto. Motores grandes, pequeños, rápidos, potentes, alimentados por pilas de diferentes voltajes. No conocía la teoría de los mismos, aunque sí recuerdo haber intentado aprenderla en al menos 2 ó 3 enciclopedias. No obstante no conocer los principios, ello no impedía mi experimentación con ellos. Los acoplaba a diferentes tipos de tracción: por hélice aérea, por hélice marina, por transmisión a un eje con ruedas, actuando como fuerza de tracción en un tren de propulsión aérea, en una barca construida de madera, o a un vehículo de tierra construido con un Mecano. Tampoco se me escapaba la capacidad de los motores de corriente continua en convertirse en generadores eléctricos al imprimírseles una fuerza de rotación a su eje, realizando acoplamientos activo-pasivo entre motores de corriente continua. Por extensión me interesé también por las dinamos que por entonces llevaban las bicicletas, que tomaban la fuerza de rotación de la rueda delantera. Mi gran sueño era llegar a realizar una aeronave capaz de volar por la propulsión de un motor eléctrico, no obstante mis escasas nociones de física me impedían observar con claridad la inviabilidad del invento. Aprendía muy a menudo a base de errores, porque por un lado era terco, y me negaba a creer lo que me decían en incluso lo que leía. Creo que parte de este escepticismo hacia los demás ha permanecido en mí hasta hace pocos años.
Tal interés también se hizo extensivo a los coches y especialmente a los camiones. Con apenas 10 años me fijaba en su cilindrada, en si la tracción era delantera o trasera, en su tara y su peso, en el número de ejes, en la velocidad que podían alcanzar, a tenor de lo indicado en el fondo de la esfera del velocímetro-cuentakilómetros, y en algunos casos en su potencia.
Me encantaban en general los objetos, algunos de los cuales trataba con verdadera veneración. Para mí eran casi más importantes los objetos que las personas, a los que en su mayoría consideraba saboteadoras de mi libertad y de mi mundo especial. Creo que esa es una idea que se ha mantenido constante: mi mundo especial, que seguramente pasaba desapercibido para quienes me observaban desde fuera, pero recuerdo que era un mundo en el que no permitía que nadie penetrara, como si se tratara de una parcela que se me había reservado para mí en exclusiva. Era poco dado a prestar cosas a mis amigos, y ni siquiera a mis hermanos, y aprovechaba cualquier excusa en que alguno de tales objetos resultaba ligeramente dañado o deteriorado –alguna pintada en un libro, un desgaste inusual- para justificar mi reticencia al préstamo de los mismos. Ahora veo que todo aquello era desmedido y absurdo, pero tal vez para mí aquellos objetos tenían una fidelidad y los conocía tan profundamente, que sustituían el papel de las personas, que en general para mí no eran de fiar o bien no conocía su funcionamiento mental. Mi fascinación por los libros en general ha permanecido intacta en mí hasta hace poco tiempo.
La pérdida de objetos y sobretodo la de libros sigue produciendo en mí una considerable frustración, no atribuíble a su valor económico o a su utilidad.
4. Adolescencia
Durante una fase de la adolescencia empecé a experimentar una serie de manías, ideas absurdas, que debía combatir mediante pensamientos tranquilizadores o mediante rituales de repetición. Con nadie hablaba de ello, pues no creo que existiera persona, ni niño ni adulta que me mereciera la suficiente confianza, ni tan siquiera mi madre.
Creo que con la adolescencia mi torpeza social aumentó notablemente, no sólo por mi falta de habilidades, sino por la observación del aumento de tales habilidades entre mis compañeros y amigos. No obstante, lograba hacer frente a tales carencias, potenciando mis habilidades puramente intelectuales o cognitivas.
No he tenido un círculo extenso de amigos, aunque debo admitir que en general caía bien a la gente. Posiblemente actuaba de una manera muy conservadora evitando el riesgo de la exposición ante lo desconocido. Casi siempre he sido reactivo, he esperado a que me llamaran en lugar de hacerlo yo. A los 20 años recibí uno de los mejores consejos de mi vida: “no dejar nunca de hacer cosas, y sobretodo las que me gustaban, por culpa de la soledad”
5. La soledad
Siento con cierta frecuencia un gran sentimiento de soledad, que no es del todo atribuíble a mi vida no demasiado intensa socialmente, sino más bien a sentirme diferente a los demás. Es la soledad del que se siente diferente, no la soledad de quien no tiene con quien hablar o no tiene amigos o familiares. Ocurre a menudo que presento a un amigo o a un familiar a un tercero, y siento como si esas dos personas, a las que yo conozco previamente, se entienden mejor ellas mismas que conmigo, y noto que a menudo pierdo el control de la situación y que rápidamente voy perdiendo el protagonismo. A veces incluso pienso que debían ya de conocerse de antes, pues es frecuente que enseguida encuentren temas de conversación comunes y me empiece a sentir desplazado.
No creo que mi timidez pueda justificar esta actitud, es más bien el resultado de una incapacidad o torpeza comunicativa. Es como un intento de conectar y no conseguirlo. Cierto es que a veces consigo hallar temas en los que me siento fuerte y hablo bastante, pero se trata más bien de un monólogo, o de una explicación, pero no de un verdadero diálogo. Aunque mi autoestima no sea muy elevada, no creo que esta falta de facilidad para el diálogo pueda deberse a una debilidad de carácter, pues cuando de algo estoy convencido lo defiendo con valentía.
Me cuesta asumir que soy apreciado por mis familiares y amigos, pues me cuesta sentirlo. Por eso agradezco que a veces me manifiesten explícitamente el aprecio que sienten por mí. Tal vez si desde pequeño en mi familia me hubieran manifestado este aprecio, mi autoestima se hallaría en mejor estado.
6. Mi relación con los adultos
En mi niñez no me resultaba especialmente difícil tratar con los adultos, sobretodo para entender lo que decían o para preguntarles cosas que ignoraba y deseaba saber. Me era imposible de todos modos mantener diálogos con ellos, y mis conversaciones eran más bien ráfagas de frases, muchas de ellas preguntas. Con mis compañeros, era incluso más difícil el trato hablado, pues pocas veces podía recurrir a preguntarles cosas que yo no sabía, pues nuestros niveles de conocimientos eran similares. Las conversaciones en cualquier caso eran superficiales o de temas específicos, pero jamás de temas personales, a los que tenía verdadero pánico, y para los cuales aprendí a mentir hábilmente, creo que con la finalidad de reducir la ansiedad de una temática que no me gustaba, pues me juzgaba deficiente en la misma.
7. Las emociones
Creo que si estaba especialmente limitado en algún aspecto comunicativo era en el de manifestar mis emociones y sentimientos, así como de entender las de los demás. El darme cuenta de esta falta de expresividad me ha permitido rectificar y tratar de exagerar la expresión de mis manifestaciones. Soy también consciente de mi dificultad para empatizar, y que trato de compensar fijándome en detalles que permitan adivinar cómo se siente la persona con quien estoy hablando u observando.
8. La necesidad de conocimiento
Creo que para mí el adquirir conocimientos no solamente era un móvil con el que me permitía granjear el respeto de mis padres, profesores y probablemente compañeros de clase, gracias a los resultados académicos, sino que consituía una necesidad esencial para mi supervivencia. El conocimiento no solamente me proporcionaba afecto de manera indirecta, sino que además me proporcionaba seguridad. Creo que eso es algo que caracteriza el SA, y es la necesidad de conocer aquello que se está manipulando, sean objetos o sean palabras. Posiblemente de ahí surgiera en mí la necesidad de aprender un ingente número de palabras, especialmente sustantivos –utilizados para designar objetos-, hasta el punto de comenzar a leer el Diccionario Enciclopédico Sopena, entrada por entrada, que derivó es una especial predilección por las enciclopedias, para mí verdaderas fuentes del saber. Reconozco, que si bien leía algunas novelas de aventuras, me interesaban más los libros de divulgación científica, especialmente los de física, para mí ciencia de todas las ciencias.
Es posible que la dificultad en la manipulación de objetos, descrita en la literatura del tema como torpeza motora, se debiera a mi dificultad de modelarlos como objetos, ausentes de interés intrínseco y de los que uno debería beneficiarse de su uso más que de su conocimiento. Para el juego del fútbol, por ejemplo, es mejor saber cómo manejar el balón que conocer su funcionamiento, y mejor aún sería conocer el comportamiento y cómo tratar a los compañeros de juego, que constituían verdaderas lagunas de mi entendimiento.
Recuerdo que hacia los trece años participé en una competición escolar de natación, en el trascurso de las cuales debía participar en una carrera de relevos estilo libre. Pues bien, cuando llegó mi turno me preocupé más de exhibir un estilo impecable que en imprimir velocidad a mis brazadas, tanto es así, que la ventaja que tenía mi equipo antes de mi turno –creo que el tercero- quedo anulada con mi actuación. Nuevamente creo que se pone aquí de manifiesto la preponderancia del conocimiento, en este caso la ejecución de una técnica con elevado grado de perfección, que la utilidad de la misma para conseguir un resultado, en este caso velocidad.
9. Habla
De pequeño era según parece muy hablador. A la edad de seis o siete años empecé a desarrollar una cierta tartamudez que cambió la tendencia de mi locuacidad, empecé a volverme más callado.
Por otro lado, recuerdo que en tiempo de estudiante en el colegio mayor, a veces era invitado por algunos de mis compañeros más maduros, a hablar más bajo, pues a veces, en especial durante horas nocturnas mi tono de voz era superior al necesario o al adecuado. De mismo modo que hablaba con un volumen excesivo, ya años antes mi padre y algunos familiares me recriminaban que el volumen de mi voz era excesivamente bajo para ser entendible.
Si bien prefería la lectura al estudio, era frecuente que leyera los libros de texto en voz alta, y para repasar el contenido de las lecciones recitara el texto de la lección paseando por la habitación. Me vienen a la memoria, muchísimos momentos en los que deambulaba por el piso recitando de memoria la lección, tanto en la infancia como en la adolescencia. Hoy en día, con el teléfono portátil o móvil, me hallo mucho más seguro si camino mientras voy hablando y escuchando.
Admito que me cuesta saber los momentos, tanto por teléfono como especialmente entre un grupo de gente, cuando tengo el ‘turno’ para hablar, ocurriendo a menudo, que cuando comienzo a hablar otro ya lo acaba de hacer, por lo que tengo que callar o dejar la frase empezada a medias. En las reuniones de grupo me resulta más cómodo realizar un gesto con la mano previamente, dando a entender mi intención de intervenir.
10. Lectura
Según es fácil imaginar, para mí la lectura en voz alta era un trauma. Constituía una amenaza a mi autoestima, pues el peligro de la tartamudez acechaba a cada instante. Ni que decir tiene que en aquellas ocasiones en que era invitado a hacerlo, no me enteraba prácticamente nada del significado del texto. Pero no solamente se limitaba a la lectura en voz alta. Recuerdo perfectamente mi capacidad –y que hoy mantengo- de leer automáticamente un texto con la mente dedicada a otros pensamientos, y no estar entendiendo su significado, hasta el punto de releer tal fragmento y recordar apenas haberlo leído. Es un tipo de lectura automática y mecánica en la que no existe prácticamente comprensión del texto.
No creo que seamos los afectados de SA en general especialmente buenos en lectura rápida. Tal vez sería mejor leer los textos a baja velocidad que leerlos dos veces a velocidad normal.
11. Planificación y orden
Desde pequeño se me enseñó a ser ordenado, y la verdad es que me muevo mucho mejor en un ambiente ordenado y por ende previsible. Se me considera una persona ordenada, más allá incluso de mi propio concepto, porque es una pieza fundamental para mi reducción de la ansiedad. Reconozco que a veces, tal afán por el orden puede parecer enfermiza, y de hecho creo que a veces una parte de mí sabotea este deseo exagerado de orden, llevándome momentáneamente a extremos casi anárquicos. No obstante parece que la verdad se impone y el deseo de ser ordenado suele vencer.
Me cuesta mucho planificar, pues creo que manejo mal la estimación del tiempo, y no solamente esto, sino la sucesión o la concatenación de los acontecimientos. No obstante creo que es imprescindible saberme planificar, pues es la mejor manera de aprovechar el tiempo, que creo que es uno de los principales activos en la vida.
12. El sentido común
Puede que haya sido una de mis grandes deficiencias. No es poca la gente que me conoce que me ha dicho o dado a entender a veces su sorpresa por algunos de mis comportamientos o decisiones, que no han encontrado lógicas, máxime teniendo presente y sabiendo que soy una persona muy racional, y que por tanto de la que se espera tome decisiones razonables. Algunas de esas decisiones han sido consecuencia de una especie de rabietas, similares a las que tienen los niños, pero a un nivel adulto. Otras veces han sido consecuencia de una falta de conocimiento y una negativa a consultar con otras personas.
13. Intimidad
Soy muy reservado con mi vida personal, de la que apenas explico detalles, o bien modifico con la intención de que mi interlocutor se sienta cómodo y tenga una buena impresión de mí. Afortunadamente estoy cambiando esta actitud, que en el fondo significa una falta de confianza en los demás. Mostrando parte de mi intimidad a la gente más cercana me permite también ser depositario de una mayor confianza por su parte, con lo cual la confianza, que a menudo se transmite mutuamente, se incrementa en ambos sentidos.
Este exceso de reserva de mi intimidad creo que no me ha beneficiado demasiado. Es muy importante saber conectar, y mostrar confianza al otro de la propia intimidad, por lo que es bueno ofrecer primero confianza antes de exigirla.
14. Darse cuenta
Creo que es lo más importante para poder mejorar. El primer paso para corregir un problema es darse cuenta de la existencia del mismo. A partir de ahí podemos tener conocimiento del mismo, cómo nos afecta y qué pasos podemos seguir para afrontarlo.
15. La relaciones con los demás en la actualidad
Si bien ya he superado la mayor parte de la timidez que ha acompañado mi vida, y que conozco mejor a las personas, no me resulta en general fácil tratar con los demás, sobretodo en el ámbito profesional, en que parece que existen más normas y los errores parecer ser más dificilmente excusables. Como ya he dicho más arriba me cuesta mantener reuniones con varias personas, especialmente si soy yo quien las lidera.
Debo esforzarme en mirar a los ojos a mi interlocutor, pues de motu propio no lo haría. Se trata de convertirlo en un hábito y no es difícil conseguirlo. Del mismo modo debo ser consciente de que la expresión de su cara tiene un significado, que no es una expresión casual. Para poder adquirir la capacidad de empatizar se requiere cierta o mucha práctica, para lo que creo que es bueno practicar con los más allegados y tal vez realizar juegos verbales con el fin de probar cómo son las expresiones de confusión, tristeza, asombro, enojo, etc. A mí a veces me resulta más fácil escuchar a alguien con los ojos cerrados que mirándole a la cara pero no es educado. Cuando me doy cuenta de tal incorrección es cuando alguien habla conmigo y no me mira el rostro. No es agradable. Tal vez más que ponerse en la piel del otro, sea un ejercicio más fácil tratar de que pensar cómo se sentiría el otro en nuestra piel. Creo que así es más fácil comprender qué se siente.
Tal vez una de las prácticas a adquirir en el trato con los demás es dejar de fijarse en los detalles, sin dejar de captarlos pero ponderándolos. No hay que fijarse solamente en la inflexión de voz, o solamente en la expresión de los ojos, o en la gesticulación de los brazos, sino por supuesto en el contenido de lo que se dice, y en lo que significa para quien lo dice, por qué lo dice y que espera que hagamos con lo que dice. Creo que se puede adquirir práctica con ello, y cuanto antes se comience mejor será.
16. En el trabajo
He leído algunos artículos de trabajos adecuados para la gente con SA. No creo que ninguno de tales artículos sea concluyente. Una de las cosas que más difíciles me resulta hacer es cambiar de una tarea a otra rápidamente, necesitando un tiempo de adaptación superior al de la media de la gente. Yo creo que tendría dificultades en ser telefonista, en ser traductor simultáneo aunque dominara ambas lenguas, en ser árbitro de fútbol, en ser controlador aéreo, ... Creo que lo que sea utilizar la memoria de corto plazo no se nos da demasiado bien. No obstante existen muchos otros trabajos. Teniendo presente de que cuando uno hace lo que le gusta lo hace motivado, y la motivación es uno de los móviles más importantes, debemos también fijarnos mucho en lo que nos gusta.
En mi trabajo diario hallo ciertos inconvenientes, y que tengo presentes para tratar de mejorar mi entorno laboral:
-Me distraigo fácilmente ante un ruido o ante conversaciones de los compañeros
-Las interrupciones me afectan notablemente, pues luego me cuesta mucho volver a arrancar
-Las exigencias en los plazos de ejecución suelen generarme ansiedad. Es bueno planificar correctamente y hacer las cosas con tiempo
-Desearía un entorno más silencioso y con menos distracciones. Estoy tratando de conseguirlo
17. Conclusión
Todo lo aprendible por un ser humano lo podrá aprender un individuo con SA. Le costará más o le costará menos, como a muchas otras personas, pero lo aprenderá, y sobretodo si le interesa. Despertar el interés es tarea de los padres y educadores. Hay que ser conscientes de que más allá de la posible torpeza o dificultades sociales, que tarde o temprano acabarán superándose, existe un funcionamiento diferente, que halla dificultades en el procesamiento de cierta información, especialmente la de interacción social en directo. No se trata de evitarla, sino de afrontarla. He aprendido que los miedos se superan combatiéndolos no evitándolos, y que nada hay que temer más que al temor mismo. Y no hablo por suspuesto de ser incauto ni temerario.
Creo que cada individuo sabe en su interior lo que más le conviene, y ello aflora en un individuo maduro y en un entorno de libertad. La maduración no se puede imponer, pero se puede inducir y fomentar. La libertad no solo se puede sino que se debe enseñar. El enseñar a tomar pequeñas decisiones y enseñar a asumir la responsabilidad de las mismas es uno de los muchos caminos a la libertad. El crear un entorno de libertad es tarea de todos los que sabemos lo que significa.
A mi edad puedo decir que el camino de la vida es muy ancho, no estrecho como yo creía erróneamente. El futuro es incierto para todos, es decir, no es seguro para nadie. No nos empeñemos en buscar la seguridad. La búsqueda de la seguridad es una falacia. Creo más en el camino de la satisfacción, del esfuerzo y de la prudencia que en el de la seguridad.
Seguro que vosotros, padres de niños, os preocupáis de cómo vuestros hijos se desenvolverán en la vida, de cómo podrán ser autosuficientes, de cómo podrán ganar el dinero suficiente para tener vidas dignas y felices. No os preocupéis por el dinero, el dinero no debe ser un objetivo, el dinero es la consecuencia del éxito, y solamente se puede tener éxito en aquello que procura satisfacción y requiere esfuerzo. Parece obvio, pero es así de sencillo.
Dadles cariño y afecto, enseñadles el buen camino pero dejad que lo recorran ellos, dejad que caigan pero ayudadles a levantarse, no dejéis que se encierren en sí mismos pero no les obliguéis a salir, dejad que descubran pero dejádselo al alcance, no seáis muy exigentes pero no seáis condescendientes, sed coherentes y razonad lo que pueda extrañarles, y veréis que cuando el ser humano confía en sí mismo y en los demás, puede conseguir lo que se propone.
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