La prueba consistía en integrar el lenguaje visual y oral con ruido ambiente cada vez más alto y el equipo halló que los niños con TEA se esforzaban para integrar señales multisensoriales y que los problemas para hacerlo aumentaban a medida que lo hacía el ruido ambiente.
Lo sorprendente fue que esas deficiencias aparecían claramente
en los niños con TEA de entre cinco y 12 años, pero "disminuían por completo" en los participantes con TEA de entre 13 y 15 años.
Foxe dijo que, de hecho, en los adolescentes, las capacidades multisensoriales "parecían completamente normales".
"El hecho de que los niños más grandes desarrollen esa capacidad, aunque mucho más tarde que los niños sin TEA, es un signo extremadamente esperanzador", dijo Foxe.
"Sugiere que la arquitectura neural, que necesita desarrollar esa habilidad, estaría básicamente intacta y que existe una muy buena posibilidad de que podamos intervenir en los niños pequeños con muy buenos resultados en sus capacidades multisensoriales. Nuestro equipo y otros estamos desarrollando intervenciones orientadas para lograrlo", concluyó.

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